domingo, 11 de marzo de 2012

Robles carmín

Suspiro. Lenta y suave bocanada de vida. ¿Quién se iba a imaginar que el mundo pudiera terminarse en una tarde tan hermosa de abril?
Te pensaba en esos precisos momentos... el aroma del Napalm de pronto derivó en una reacción neuronal que comenzó a dibujar tus manos en mi mente. De pronto la explosión sacude la tierra. La engañosa calidez del bosque ruso aumenta por la ignición. Sendos árboles caen abatidos... cansados por más de cien años de ser bañados por la sangre que derramamos los revolucionarios.
¿Quién cabalga? De nuevo una feroz horda de arios. Piel blanca y perfecta decorada por una diabólica sonrisa compuesta de perfectos dientes blancos... esa maldita imagen tan perfecta de la cual no podemos formar parte. En sus ojos se halla el eco del fuego... el Napalm les abrió el paso entre la avejentada vegetación.
Mi pelotón intenta volar como una bandada de tórtolas huyendo de una rama que fue pateada malignamente por un infante.
El sudor se espesa y se agolpa en mi frente, intenta marchar hacia mis ojos para fungir como un cruel aliado de nuestros enemigos. Cuando mi estamina se extinguió me di cuenta de que era el único hombre en pie. Volví a pensar en tus místicas manos mientras 20 caballos me hostigaban con su hirviente resuello. Los hombres perfectos venían a jugar con su presa.
¡Maldito! Pensé que nunca llegaría. Detrás de un grupo de resecos arbustos salta Jerry con su maldita furia y una sonrisa que horrizaría y provacaría humedad en las entrepiernas del Führer.
Carga su pequeña semiautomática y en la mano izquierda porta esa feroz daga de la que ha lamido más de veinte ocasiones fluido ocular ario (su castigo favorito).
¿1.90? No. Estoy siendo muy modesto. 2 metros y 10 centímetros de rabia ciega contra los hombres que violaron y destazaron frente a sus ojos a su madre, su esposa y sus hijas se abatía contra los caballos. Mordía la yugular de cada uno de los oficiales. Por un momento pensé que mataría a todos. Dejó vivir a tres. Al primero le susurró una canción de cuna de una manera tan dulce que mi marchita piel logró estremecerse y gozar. Acto seguido: tomo una filosa daga robada de Japón en su última misión en aquella fértil tierra y partió de un tajo su cráneo.
Ese jugoso cerebro de blanco. Lucía tan perfecto, enorme, digno de la raza dominante en la Tierra desde hace más de cien años. Pero el objetivo de Jerry era beber su cladestino Whiskey escocés (comportándose más patriota que un Yankee) de aquel suculento cráneo blanco. La escena "asusto" un poco a sus colegas. Humedecían sus rostros y sus entrepiernas.
Jerry reía como demente mientras, levemente intoxicado, orinaba sobre las heridas que les había provocado al momento de su captura.
Es hora de marcharse. Hay una guerra que debe seguir. Nos reuniremos con la pelotón "Leucipo" a las afueras del bosque. La zona fue despejada. Jerry saca gruesas cadenas de titanio de su equipaje y luego de obsequiarles un festín de golpes con éstas a los "hombrecitos de azúcar" los ata a los robles. La sangre atraerá a los osos pardos indicándoles que el almuerzo está listo.
¿Qué salió mal? Antes de argumentar algo Jerry le echa la culpa a la estrategia y a la dolorosa cobardía de Sheen en la toma de Moscú. Tenemos que reagruparnos... la mejor opción será hacernos a la mar... me provoca unas terribles náuseas el incesante "tic tac" de mi rolex... sigamos adelante.