sábado, 18 de octubre de 2014

Vultur gryphus

No tienes la menor idea de lo que este buitre es capaz de hacer. Con su chaqueta de cuero y plumas, con cuello de lana, luce como el más tierno de los acompañantes del Barón Rojo surcando los cielos europeos, hace ya más de una centuria.

Pero cuidado, bajo esas inocentes vestiduras se halla una anatomía corrupta, tan retorcida como la catastrófica infinitud de su imaginación.
En un caso muy extraño verías su pico totalmente seco, pues siempre se encuentra siendo ordeñado por su hedonismo, produciendo saliva o sangre -o incluso ambas-, frescas y viscosas, como el deseo masivo que no para de mordisquear su enclenque nuca.

Este padecimiento es codificado por sus estimulables sentidos a la velocidad de la luz, directo a su cerebro. Es por eso que ahora te enfoca ferozmente con sus ojos de abismo; su mirada adquiere las propiedades que definen a la materia y ya se encuentra de visita en tu dimensión.

Se mece ingrávida en el aire espeso que tanto asco te da respirar. Pero, aquello que ahora es un artefacto, va embelleciendo toda lo que se derretía a tu alrededor.

Ya se te olvidó por completo la manera en la que funciona el tiempo aquí, en tu desolada jaulita dimensional.

Ahora el ave sabe que puede hacer con tu masa, montículo dócil y maleable, lo que le venga en gana.

Te propone iniciar algo que podrías comparar con un rito, pero sabes que el término se acerca tibiamente al evento que acaba de iniciar.
Jurarías que puedes sentir los sonidos que va emitiendo; son polvo cosquilleando tus tímpanos. Son notas que acarician con sutil erotismo a tu sentido del oído. Los sonidos se transforman en música que fácilmente puede navegar por tu sangre para que, en un par de segundos, ya se encuentre cómodamente instalada en tu amorfo irrigador de sangre. Ya nada la moverá de ahí.

Tus pies albergan, repentinamente, decenas de llagas y saben que no pueden permanecer en reposo; necesitan sacudirse ese escozor y acabar hasta con la última gotita de cordura que te queda.

La piel parece haber adquirido vida propia, ésa, tu piel; el abrigo a medida de tus huesos que sabes perdido cuando lo ves regado por el piso como un líquido más denso que el agua pero más liviano que la sangre.

Todo aquello podrías explicarlo a razón de tus emociones, de tus sentimientos; de aquello que, en conjunto o individualmente, tus sentidos fabrican y almacenan en la mohosa bodega que es tu cerebro.

Pierdes hasta el último remanente de esa afirmación cuando la lúgubre mirada, carbónica e inquietante, latiguea como serpiente y se tensa para entrar por tus ojos, atravesarlos despreocupadamente y profanar tu delicada bodega. Se apropia con suma destreza de todo lo que habita dentro de esos parajes infinitos. Ya eres uno con esa infeliz bestia carroñera. No hay manera de pedir piedad o de acomodarte para que no lastime tus costillas. Toma con su pico todo lo que puede y lo arroja hacia tu exterior; la luz de la luna es perfecta para distinguir lo que puede servir de entre ese cúmulo de baba.

Cuando intentas gritar, es demasiado tarde: olvidaste cómo se hacía y, muy probablemente, tu garganta ya se habría disuelto en un mar de olvido, seguido por una avalancha de recuerdos tóxicos y balsámicos, indistintamente.

Y es que ¿cómo ocultar el azoro y el pánico ante el desfile de emociones, sentimientos e ideas que se revuelcan frente a tus ojos pidiendo clemencia? La mirada del ave es omnipotente: le dio piel y cuerpo a tus emociones y ahora las hace arder en un fango de lava. Te duele. No puedes creer que sea posible sufrir a esos niveles tan estrepitosos, pues esto ya desgarra vulgarmente el delicado tejido del conocimiento humano.

Ya no hay salida factible, planeable. Ahora solo piensas, con las últimas boronas de conciencia que te quedan, cómo saltar a otro reino donde la carne y sus interpretaciones subcutáneas no se arrodillen ante el ardor de una mirada.


Un crujido espantoso corta de tajo los ecos del carnaval aterrador: tomaste al espécimen volador por las alas y se las quebraste con tu último destello de fuerza. Cuando lanza un agónico chillido que paraliza todas las bóvedas espaciales, todas las puertas se habrán abierto de golpe. Es tu momento; sí, has regresado a las mullidas comodidades del tiempo. Te clavas las estructuras óseas con forraje de plumas y, en automático, recobras tus nociones, tus verdades. Haces bosquejos de la realidad que perdiste. Aprendes a usar esas alas en un parpadeo y vuelas. No quieres enterarte de algo más que no sea volar hacia la puerta más cercana. Te precipitas hacia ella como un auto sin control; como un toro con corazón de caballo.



Hubieras intentado hacer funcionar tu mente antes de labrar tan estúpida idea. No te imaginas la pena que atormenta a mi espíritu, al saber que estás en ese sitio, justo donde acabas de frenar tu vuelo…


sábado, 3 de mayo de 2014

Vino Tinto

“Un empleo tan monótono a veces tiene sus ventajas. Discretas, pero al final se reflejan”. Emilio Ruvalcaba apacigua el dolor de su ser con un canto que no satisface al vacío de su alma. Sabe que este trabajo simplemente apesta: ser un simple subcontratado que, después de arduas horas laboradas frente a un monitor inerte, da señales de vida diciendo “buenos días” y “buenas noches” a don Artemio de lunes a sábado a cambio de una ridícula paga. No quiere engañarse y el mal humor salpica su boca y la reseca. Sus recuerdos de la libertad son tan vagos como caminar entre las abrasivas arenas del desierto. Se percata de lo desgraciado que es el destino y comprueba que la libertad tiene un peso, un peso que ya no desea llevar a cuestas de su erosionada espalda.

Una línea más. Otra. Cada línea que va amoratando la pulcritud de un documento de Word en su senil computadora lo desespera aún más. “¿Qué precio tiene la libertad? ¿Cómo acabo con este martirio?” piensa. Mariana le manda la sonrisita de todos los días antes de las siete de la noche. Le da asco cada gramo de rutina que lo consume. Ahora Mariana lo mira con desconcierto, él ya no le envió la seña tan particular que significaba hacer el amor en la comodidad de los baños del piso 37. Todo lo contrario. Se para repentinamente con un profundo gesto de molestia pero con la serenidad de una noche de julio. Sus calmos movimientos no coinciden con la excitación de su ser; toma por la cabellera a Mariana y la besa con la pasión de un perro. Rabioso y en celo, le propina el beso más animal que ella haya recibido en toda su vida.

De la nada, la vigorosa mano derecha de Emilio se cierra con la fuerza necesaria para estrangular un pollo; el asteroide flota y aterriza con éxito en la mejilla de la misteriosa rubia. Una verdadera lluvia de golpes de frustración caen sobre la indefensa mujer, no hay nada que detenga a Emilio. Se acaba el tiempo, pierde cada vez más sangre por la boca y la nariz. Las gruesas manos del espécimen sin control pellizcan con inagotable fuerza el terso rostro de la chica. Llegan los domadores pero es demasiado tarde. No hicieron temprano caso a los gritos desgarradores y homicidas. Dos lúgubres cadáveres están tendidos sobre la alfombra color vino: uno, apenas reconocible por los golpes; el otro, colgado del techo con su corbata, con una macabra sonrisa que ilumina los rasguños de su rostro.  

jueves, 23 de enero de 2014

Cosas más extrañas han sucedido

La dicha y el pesar formaron una inquietante mezcla en su interior: ¿qué hombre poseía el privilegio de conocer anticipadamente la fecha y hora de su extinción? Pocos seres podían jactarse de cerrar los ojos de manera puntual y de acuerdo con lo que otros seres le indicaran. Empero, seguía impertérrito mirando la polvorienta y azulada luz de su última lunada. Nacía en él un desesperado deseo de hacer el amor con ese insolente y mórbido artefacto estelar. Pronto su atención se concentró en el lío diplomático y social que su destino estaba provocando; visualizó perfectamente una foto suya dentro una gigantesca red transparente acompañada de un discurso explosivo que pedía frenar la locomotora mortal que se aproximaba a él; todo esto rodeado de imágenes de perros y gatos siendo mutilados, ornamentados con más condenas, con más indignación. Indignación. Frívolo obstáculo para el pleno goce de la vida. Se cuestionó si la gente no se daba cuenta de que la indignación solo generaba una incertidumbre que se adhería acopladamente a la monotonía de lo establecido. 

Los aromas nauseabundos abandonaron su lúgubre celda para dar paso a seductores perfumes del cual él conocía perfectamente su origen: el tibio y perfecto chocolate que su abuela preparaba, el perfume caro que su madre racionaba exclusivamente sobre ocasiones que lo ameritaban, el cálido sudor de Carmen después de aquellas noches a lomos de Afrodita.

La muerte estaba llegando lentamente; supo que no podía escaparse de la letal fortuna de tener un final lento. Todo proceso mortal fluye tan lento como el aire que empieza a abandonar los pulmones y la sangre que se torna caduca, que se pudre. De eso se trata su trabajo: ser el momento más duradero de la vida. Se percató de la puta ironía que eso representaba. La inexplicable mixtura de aromas diversos era el principio del fin; sentía ya las fauces del infierno lamer las plantas de sus pies.

Un error categórico estaba a punto de convertirlo en un precioso cadáver de marmóreas formas. Definía como error a su cíclica imbecilidad que le ataba a toda banalidad. Desde chico se sentía como un atún ominosamente cobijado por redes. Ayer, los cables de luz que viajaban sobre su cabeza; hoy, los pálidos barrotes de una celda que ha funcionado como pretumba para otros desgraciados pertenecientes a su estirpe. Jamás logró derretir el barro que sobre sus alas se aglutinaba para volar más allá de sus crímenes, más allá de la bestialidad que devoraba su enclenque corazón. Nunca se atrevió, y estaba a unos minutos -probablemente horas o días- de pagar las aciagas consecuencias.

El comandante se acercó a la puerta con el sigilo propio de un verdugo posmoderno. El protocolo daba inicio con el lamentable rechinido de los goznes que operaban la pesada puerta de la celda. Aquella noche entonaban algo similar a la marcha fúnebre.

En realidad tenía un sueño inaguantable, sería bueno dormir una eternidad. Sintió trémula paz al visualizarse pronto seis pies bajo sus nuevas sábanas de tierra y profundo olvido. No reuniría el coraje suficiente para ver a su madre empañar el cristal y llenarlo de lágrimas mientras, en el punto máximo de su maternal desesperación, gritar "No estás solo". ¿No sería más sencillo que alguien, dignamente, le abriese las entrañas de su sepulcro y no tener que contemplar el dolor humano que su partir generaría?

Le hubiera fascinado ver a Carmen al otro lado de la cámara para decirle adiós. Ella se había ahogado en el mar de su propia sangre, encallado a las orillas de la locura y se largó ataviada de disgusto para con él. No había marcha atrás. Se acostó tranquilamente sobre el lecho de Hades. La jeringa se clavó con éxito para ingresar a sus tuberías.

Sus venas empezaron a convertirse en el Río Aqueronte e incluso sintió como la barca de Caronte surcaba despiadadamente en su moribundo torrente sanguíneo. ¿Que este elixir de la muerte no debería de contener una sustancia para alejarle de las praderas del sufrimiento? ¿Por qué agonizaba de esa forma? Dolor, dolor trepidante. ¿Acaso ser humano alguno había experimentado la agonía desde los pies a la cabeza? Interminables sismos corporales con epicentro en su músculo cardíaco. Más dolor. Sus riñones se inflaban y sentía que eran mordidos por un león hambriento. Esperaba salir de ese inhumano desgarramiento para ir a escribir, dentro de una gélida cueva, los horrores más explícitos del dolor humano. Su cabeza se hinchó hasta alcanzar proporciones ridículas. Su musculatura tomaba la forma de alguna bestia desconocida por la humanidad. Su hambre crecía al mismo ritmo incontrolable con el que se expandía su lengua y su cara se alargaba.

Aún es imposible proyectar la imagen del espécimen concebido al finalizar la metamorfosis. Rompió las ataduras que lo sujetaban a la cama, comenzó a hablar en lenguas desconocidas y se arrojó sobre un guardia. Devoró con impaciencia sus cadenas intestinales y, cuando su madre se percató que había aumentado su estatura al triple, tomó el tibio estómago de su presa y lo hizo estallar, para dejar un muro totalmente bañado en sangre y en contenido gástrico. Condujo su dedo -ahora con una poderosa y afilada garra- hasta el manchón y empezó a trazar figuras que solo se pueden comparar con las antiguas runas escandinavas; esto solo para ofrecer un equivalente que sea compatible con el conocimiento humano.

Cuán terrible fue el acto presenciado por los asistentes a la ejecución. Nada podía compararse con lo ocurrido y aún no se han inventado las palabras correctas para describir tal evento infernal. Todo culminó con el feroz estallido de la pared opuesta al manchón, creando un agujero por el cual huyó la fiera hacia el infinito, hacia la nada.

La investigación continúa. Nadie le ha visto desde aquel día. El miedo que los habitantes de esa zona respiran, llena de vidrios sus pulmones.

Detengan esta vomitiva cacería, por favor, solo quiere descansar. 

martes, 24 de diciembre de 2013

23 de diciembre

Lentos mis pasos, con su peculiar ritmo del arrastre de los pies, dibujan una mueca irregular sobre el pavimento decembrino adornado con cadáveres de lo que horas antes habían sido luces de bengala y el rastro de una procesión que llevó en una charolita de plástico las desgastadas imágenes de los peregrinos, ansiosos de sumergir su piel de yeso en el calor de una casita ubicada en los suburbios mexicanos y bañarse del olor a ponche, pólvora y frutas.

Al trazar mi rumbo entre los restos de barro y fruta embarrada en las aceras, me acerco peligrosamente a las paredes de esos hogares que me seducen con su canto nocturno. No pueden ocultarlo, es diciembre. Se ven aplastados por ese peso festivo. De pronto, mis manos se vuelven estetoscópicas y amasan el vientre de un elefante de tan singular manada. Prolifera la uniformidad, porque esta vivienda se encuentra vacía, pero aquella, con la que comparte muros, alberga un emotivo reencuentro, en el cual el tío viene desde muy lejos a compartir el pavo para la cena de mañana. La serie continúa. Puedo sentirlo. Una casa vacía, otra llena de risas emitidas por los primos que se encuentran fabricando mundos adyacentes al nuestro.
Se ha roto la cotidianidad característica de un día de junio. Incluso la luz que proyectan los enclenques postes de cemento juega con el músculo cardiovascular al contagiarlo del nostálgico ambiente que impera en el viento. Las pupilas atestiguan la aparición del más bello filtro Instagramero y el estómago suelta una sincera risita por el contraste entre el mundo virtual y el de concreto.
Mientras imagino mi andar sobre una "agringada" nieve invisible, llega un batazo de Home que impacta en mi nuca y mi memoria se va... se va... se va... y se fue hasta una lejana navidad de la cual no recuerdo la fecha...

Ahí estaba ese pequeño bodoque envuelto en una mórbida chamarra negra de Chicago Bulls, con las manos llenas de algún dulce que decapitó, una mancha poligonal a la altura del cierre frontal de su verde pantalón de gabardina, impresa a raíz de la inexperiencia a la hora de visitar el sanitario. Ni el agua ni el gel podían con la furia de ese pequeño remolino en su inocente cabeza, que era comparable con un cepillo de bolero. Los dientes recién emplazados sobre los de "leche" se asomaban bajo una suave encía morada.
Y ahí seguía, contemplando la llegada de cada uno de sus familiares sin disimular su emoción. Totalmente preparado para recibir sus primeros tragos de alcohol (sidra de manzana) contenidos en un delicioso vasito de plástico. Fue esa la primera ocasión en que pudo sentir ese líquido calentando lentamente la sangre de sus venas, trayendo como consecuencia una cascada de carcajadas no identificadas pero fundamentas en la felicidad que otorga un abrazo a sus seres queridos, guardianes de su infantil dicha.

Trémulo y radiante de júbilo por mi ejercicio introspectivo a mitad de la calle, defino el significado de esa fecha que tantos debates genera y que, a su vez, no logra pasar desapercibida.

El espíritu de esta fecha que interconecta nuestros pensamientos -sean "positivos" o "negativos"- es la oportunidad óptima para llevar a cabo la tarea única que se nos ha encomendado desde nuestro nacimiento: ser humanos. Tenemos ante nosotros el pretexto perfecto para dejar de ser autómatas que se conducen por rutinas o emociones prefabricadas y volver a sentir el sabor de nuestro primer trago de sidra o aquel nudo en la garganta seguido de las lágrimas más amargas dedicadas a las ausencias más dolorosas de aquellos seres que nunca volverán a acompañarnos en las cenas decembrinas.

Aún siento el calor que me brindaba esa enorme chamarra. Todavía puedo ver el espectáculo de colores que me ofrecía la pirotecnia y el aroma amargo que ésta escupía para raspar mi garganta. Esa gabardina quedó tatuada sobre mi piel al unir su disciplinada textura a los tejidos celulares de mi piel. Y así continúan pasando los años, en los cuales me entregó al máximo a la ardua labor de cada uno de mis cinco sentidos. Reír, llorar, enojarme, disfrutar de la tibieza hogareña, pero todo ello radicado en la agudeza de mis sentidos, producto de ese ente que nos visita cada 365 días para ponernos a prueba. Y ahí seguirá. Silencioso. Paciente. Ansioso por escuchar nuestras quejas y agradecimientos por su inocultable existencia.      

martes, 12 de marzo de 2013

Derrota

Sucumbió
Entregó su espada luego de no poder contener la furiosa vorágine
Había un dulce secreto bajo esa tibia sábana de piel blanca
Existía un latido distinto para cada luciérnaga en el crepúsculo

La marea se redujo a cero
El mar se secó como su boca en las mañanas de soledad
El calor de su canto tántrico incineró las nubes
Deliciosa lluvia hirviente
Loable coctel psicosomático

Al despertar, su materia se condensó
Liviana la osamenta se atomizaba por la habitación
Existía ya una y cien mil veces dentro de ese claustro
Sacra edificación de carne roja
Fábrica de bombeos desbocados

Una nueva morada
Paz cardíaca concebida en millones de contiendas labiales
Travesías prolongadas a través de la escultura clásica
Inmersión plena en el lúgubre río capilar

Usted ha llegado a recetarme una derrota
Le cedo el control de mi marcapasos
Opérelo a placer
Desde hoy "derrota" será volver a nacer