La dicha y el pesar formaron una inquietante mezcla en su interior: ¿qué hombre poseía el privilegio de conocer anticipadamente la fecha y hora de su extinción? Pocos seres podían jactarse de cerrar los ojos de manera puntual y de acuerdo con lo que otros seres le indicaran. Empero, seguía impertérrito mirando la polvorienta y azulada luz de su última lunada. Nacía en él un desesperado deseo de hacer el amor con ese insolente y mórbido artefacto estelar. Pronto su atención se concentró en el lío diplomático y social que su destino estaba provocando; visualizó perfectamente una foto suya dentro una gigantesca red transparente acompañada de un discurso explosivo que pedía frenar la locomotora mortal que se aproximaba a él; todo esto rodeado de imágenes de perros y gatos siendo mutilados, ornamentados con más condenas, con más indignación. Indignación. Frívolo obstáculo para el pleno goce de la vida. Se cuestionó si la gente no se daba cuenta de que la indignación solo generaba una incertidumbre que se adhería acopladamente a la monotonía de lo establecido.
Los aromas nauseabundos abandonaron su lúgubre celda para dar paso a seductores perfumes del cual él conocía perfectamente su origen: el tibio y perfecto chocolate que su abuela preparaba, el perfume caro que su madre racionaba exclusivamente sobre ocasiones que lo ameritaban, el cálido sudor de Carmen después de aquellas noches a lomos de Afrodita.
La muerte estaba llegando lentamente; supo que no podía escaparse de la letal fortuna de tener un final lento. Todo proceso mortal fluye tan lento como el aire que empieza a abandonar los pulmones y la sangre que se torna caduca, que se pudre. De eso se trata su trabajo: ser el momento más duradero de la vida. Se percató de la puta ironía que eso representaba. La inexplicable mixtura de aromas diversos era el principio del fin; sentía ya las fauces del infierno lamer las plantas de sus pies.
Un error categórico estaba a punto de convertirlo en un precioso cadáver de marmóreas formas. Definía como error a su cíclica imbecilidad que le ataba a toda banalidad. Desde chico se sentía como un atún ominosamente cobijado por redes. Ayer, los cables de luz que viajaban sobre su cabeza; hoy, los pálidos barrotes de una celda que ha funcionado como pretumba para otros desgraciados pertenecientes a su estirpe. Jamás logró derretir el barro que sobre sus alas se aglutinaba para volar más allá de sus crímenes, más allá de la bestialidad que devoraba su enclenque corazón. Nunca se atrevió, y estaba a unos minutos -probablemente horas o días- de pagar las aciagas consecuencias.
El comandante se acercó a la puerta con el sigilo propio de un verdugo posmoderno. El protocolo daba inicio con el lamentable rechinido de los goznes que operaban la pesada puerta de la celda. Aquella noche entonaban algo similar a la marcha fúnebre.
En realidad tenía un sueño inaguantable, sería bueno dormir una eternidad. Sintió trémula paz al visualizarse pronto seis pies bajo sus nuevas sábanas de tierra y profundo olvido. No reuniría el coraje suficiente para ver a su madre empañar el cristal y llenarlo de lágrimas mientras, en el punto máximo de su maternal desesperación, gritar "No estás solo". ¿No sería más sencillo que alguien, dignamente, le abriese las entrañas de su sepulcro y no tener que contemplar el dolor humano que su partir generaría?
Le hubiera fascinado ver a Carmen al otro lado de la cámara para decirle adiós. Ella se había ahogado en el mar de su propia sangre, encallado a las orillas de la locura y se largó ataviada de disgusto para con él. No había marcha atrás. Se acostó tranquilamente sobre el lecho de Hades. La jeringa se clavó con éxito para ingresar a sus tuberías.
Sus venas empezaron a convertirse en el Río Aqueronte e incluso sintió como la barca de Caronte surcaba despiadadamente en su moribundo torrente sanguíneo. ¿Que este elixir de la muerte no debería de contener una sustancia para alejarle de las praderas del sufrimiento? ¿Por qué agonizaba de esa forma? Dolor, dolor trepidante. ¿Acaso ser humano alguno había experimentado la agonía desde los pies a la cabeza? Interminables sismos corporales con epicentro en su músculo cardíaco. Más dolor. Sus riñones se inflaban y sentía que eran mordidos por un león hambriento. Esperaba salir de ese inhumano desgarramiento para ir a escribir, dentro de una gélida cueva, los horrores más explícitos del dolor humano. Su cabeza se hinchó hasta alcanzar proporciones ridículas. Su musculatura tomaba la forma de alguna bestia desconocida por la humanidad. Su hambre crecía al mismo ritmo incontrolable con el que se expandía su lengua y su cara se alargaba.
Aún es imposible proyectar la imagen del espécimen concebido al finalizar la metamorfosis. Rompió las ataduras que lo sujetaban a la cama, comenzó a hablar en lenguas desconocidas y se arrojó sobre un guardia. Devoró con impaciencia sus cadenas intestinales y, cuando su madre se percató que había aumentado su estatura al triple, tomó el tibio estómago de su presa y lo hizo estallar, para dejar un muro totalmente bañado en sangre y en contenido gástrico. Condujo su dedo -ahora con una poderosa y afilada garra- hasta el manchón y empezó a trazar figuras que solo se pueden comparar con las antiguas runas escandinavas; esto solo para ofrecer un equivalente que sea compatible con el conocimiento humano.
Cuán terrible fue el acto presenciado por los asistentes a la ejecución. Nada podía compararse con lo ocurrido y aún no se han inventado las palabras correctas para describir tal evento infernal. Todo culminó con el feroz estallido de la pared opuesta al manchón, creando un agujero por el cual huyó la fiera hacia el infinito, hacia la nada.
La investigación continúa. Nadie le ha visto desde aquel día. El miedo que los habitantes de esa zona respiran, llena de vidrios sus pulmones.
Detengan esta vomitiva cacería, por favor, solo quiere descansar.
Un error categórico estaba a punto de convertirlo en un precioso cadáver de marmóreas formas. Definía como error a su cíclica imbecilidad que le ataba a toda banalidad. Desde chico se sentía como un atún ominosamente cobijado por redes. Ayer, los cables de luz que viajaban sobre su cabeza; hoy, los pálidos barrotes de una celda que ha funcionado como pretumba para otros desgraciados pertenecientes a su estirpe. Jamás logró derretir el barro que sobre sus alas se aglutinaba para volar más allá de sus crímenes, más allá de la bestialidad que devoraba su enclenque corazón. Nunca se atrevió, y estaba a unos minutos -probablemente horas o días- de pagar las aciagas consecuencias.
El comandante se acercó a la puerta con el sigilo propio de un verdugo posmoderno. El protocolo daba inicio con el lamentable rechinido de los goznes que operaban la pesada puerta de la celda. Aquella noche entonaban algo similar a la marcha fúnebre.
En realidad tenía un sueño inaguantable, sería bueno dormir una eternidad. Sintió trémula paz al visualizarse pronto seis pies bajo sus nuevas sábanas de tierra y profundo olvido. No reuniría el coraje suficiente para ver a su madre empañar el cristal y llenarlo de lágrimas mientras, en el punto máximo de su maternal desesperación, gritar "No estás solo". ¿No sería más sencillo que alguien, dignamente, le abriese las entrañas de su sepulcro y no tener que contemplar el dolor humano que su partir generaría?
Le hubiera fascinado ver a Carmen al otro lado de la cámara para decirle adiós. Ella se había ahogado en el mar de su propia sangre, encallado a las orillas de la locura y se largó ataviada de disgusto para con él. No había marcha atrás. Se acostó tranquilamente sobre el lecho de Hades. La jeringa se clavó con éxito para ingresar a sus tuberías.
Sus venas empezaron a convertirse en el Río Aqueronte e incluso sintió como la barca de Caronte surcaba despiadadamente en su moribundo torrente sanguíneo. ¿Que este elixir de la muerte no debería de contener una sustancia para alejarle de las praderas del sufrimiento? ¿Por qué agonizaba de esa forma? Dolor, dolor trepidante. ¿Acaso ser humano alguno había experimentado la agonía desde los pies a la cabeza? Interminables sismos corporales con epicentro en su músculo cardíaco. Más dolor. Sus riñones se inflaban y sentía que eran mordidos por un león hambriento. Esperaba salir de ese inhumano desgarramiento para ir a escribir, dentro de una gélida cueva, los horrores más explícitos del dolor humano. Su cabeza se hinchó hasta alcanzar proporciones ridículas. Su musculatura tomaba la forma de alguna bestia desconocida por la humanidad. Su hambre crecía al mismo ritmo incontrolable con el que se expandía su lengua y su cara se alargaba.
Aún es imposible proyectar la imagen del espécimen concebido al finalizar la metamorfosis. Rompió las ataduras que lo sujetaban a la cama, comenzó a hablar en lenguas desconocidas y se arrojó sobre un guardia. Devoró con impaciencia sus cadenas intestinales y, cuando su madre se percató que había aumentado su estatura al triple, tomó el tibio estómago de su presa y lo hizo estallar, para dejar un muro totalmente bañado en sangre y en contenido gástrico. Condujo su dedo -ahora con una poderosa y afilada garra- hasta el manchón y empezó a trazar figuras que solo se pueden comparar con las antiguas runas escandinavas; esto solo para ofrecer un equivalente que sea compatible con el conocimiento humano.
Cuán terrible fue el acto presenciado por los asistentes a la ejecución. Nada podía compararse con lo ocurrido y aún no se han inventado las palabras correctas para describir tal evento infernal. Todo culminó con el feroz estallido de la pared opuesta al manchón, creando un agujero por el cual huyó la fiera hacia el infinito, hacia la nada.
La investigación continúa. Nadie le ha visto desde aquel día. El miedo que los habitantes de esa zona respiran, llena de vidrios sus pulmones.
Detengan esta vomitiva cacería, por favor, solo quiere descansar.