“Un empleo tan monótono a veces tiene sus ventajas. Discretas, pero al final se reflejan”. Emilio Ruvalcaba apacigua el dolor de su ser con un canto que no satisface al vacío de su alma. Sabe que este trabajo simplemente apesta: ser un simple subcontratado que, después de arduas horas laboradas frente a un monitor inerte, da señales de vida diciendo “buenos días” y “buenas noches” a don Artemio de lunes a sábado a cambio de una ridícula paga. No quiere engañarse y el mal humor salpica su boca y la reseca. Sus recuerdos de la libertad son tan vagos como caminar entre las abrasivas arenas del desierto. Se percata de lo desgraciado que es el destino y comprueba que la libertad tiene un peso, un peso que ya no desea llevar a cuestas de su erosionada espalda.
Una línea más. Otra. Cada línea que va amoratando la pulcritud de un documento de Word en su senil computadora lo desespera aún más. “¿Qué precio tiene la libertad? ¿Cómo acabo con este martirio?” piensa. Mariana le manda la sonrisita de todos los días antes de las siete de la noche. Le da asco cada gramo de rutina que lo consume. Ahora Mariana lo mira con desconcierto, él ya no le envió la seña tan particular que significaba hacer el amor en la comodidad de los baños del piso 37. Todo lo contrario. Se para repentinamente con un profundo gesto de molestia pero con la serenidad de una noche de julio. Sus calmos movimientos no coinciden con la excitación de su ser; toma por la cabellera a Mariana y la besa con la pasión de un perro. Rabioso y en celo, le propina el beso más animal que ella haya recibido en toda su vida.
De la nada, la vigorosa mano derecha de Emilio se cierra con la fuerza necesaria para estrangular un pollo; el asteroide flota y aterriza con éxito en la mejilla de la misteriosa rubia. Una verdadera lluvia de golpes de frustración caen sobre la indefensa mujer, no hay nada que detenga a Emilio. Se acaba el tiempo, pierde cada vez más sangre por la boca y la nariz. Las gruesas manos del espécimen sin control pellizcan con inagotable fuerza el terso rostro de la chica. Llegan los domadores pero es demasiado tarde. No hicieron temprano caso a los gritos desgarradores y homicidas. Dos lúgubres cadáveres están tendidos sobre la alfombra color vino: uno, apenas reconocible por los golpes; el otro, colgado del techo con su corbata, con una macabra sonrisa que ilumina los rasguños de su rostro.