domingo, 4 de noviembre de 2012

Vacío (Con Mayúsculas)

No vi la hora cuando desperté. No tenía ganas. El celular vibró. Leí con detenimiento. Envié respuesta. En realidad mi desganado motivo para que mis ojos abrieran sus sombrías fauces era otro. Un viento helado hacía arder mis hombros. Fue hasta ese punto que recordé que me despojé de mi camisa y mi saco al llegar para después hundir mi cabeza en la gruesa almohada. Quería gritarle algo y que ella me respondiera. Olvidé lo que era y dormí. No era esa clase de sueño para descansar. Quería huir. Quería dormir quizá tres años. Una vez más, ¡Gracias por despertarme de una manera cruel, estúpido frío! Me incorporé suavemente hasta quedar sentado en la orilla de mi cama; algo que ocupaba un espacio dentro de mi habitación absorbió mi atención. El dolor de cuello era casi inexistente aunque dentro de la cabeza y el estómago marchaban las huestes de Atila el Huno rumbo a los Campos Cataláunicos. Entré mi piel y mis huesos viajaba el alcohol ya evaporado que provocaba tibieza en mi materia.
Desperté respirando por los ojos y balbuceando por la nariz. Bajé las escaleras para abrir el refrigerador. Hallé una botella con jugo de manzana. Le di un enorme trago con animosidad. El líquido llegó directo a mi estómago sin besar mis papilas gustativas y sólo coqueteó con su dulce cuerpo frío mi garganta, la cual estaba cubierta por una fina capa de flemas que se movían al ritmo de esta gris tarde.
Me molestó la baja temperatura de la bebida y cerré de mala gana el gélido armario blanco. Siempre he adorado la comida casera (y en especial la de mi madre) pero el olor de algo guisándose en la estufa me produjo un malestar terrible al colarse ese espeso aroma por mis pulmones. Viré la mirada hacía mi izquierda y un pequeño grupo de tomates luchaba por su vida dentro de una cacerola con agua hirviente. La llamita azul de la anciana estufa hacia burbujear el agua en el recipiente. Por unos momentos, tal escena consumió tanta atención de mi parte que deseé con todas mis fuerzas unirme a ese clan de verduras; yo también quería arder.
Subí con un entusiasmo casi nulo de regreso a mi tétrica habitación. En el camino de vuelta me hallé con mi viejo amigo: el espejo. Tanto tiempo sin una buena charla, tanto tiempo en el que sólo nos hemos ocupado de fabricar una rutina para el joven de cabello castaño; de saciar sus ganas de ser vanidoso. Me plasma la imagen de un rostro joven y fresco pero con un fuerte sesgo de cansancio y heridas rituales. Unas ojeras que me otorgan ese aspecto que anhelé poseer anoche: el de un muerto viviente. Instantáneamente, un escalofrío recorrió mi cuerpo al notar que hoy soy un muerto en vida: un enclenque cadáver con los ojos sombríos y tristes; un ente que abandonó a todos esos fantasmas que alguna vez necesitaron de él para irse a jugar "bebeleche" en la antesala de su locura. Naturaleza muerta que se niega a seguir marchitándose y a llegar a la siguiente estación en la Línea "A" del metro de la ciudad. 

...

Esta ocasión, los progenitores no hurdieron su plan de traerme un sermón dominical hasta la comodidad de mis neuronas; simplemente reprocharon mi aspecto demacrado y mi enervante perfume etílico... aroma a "Sábado Distrito Federal". Este sencillo factor y el líquido viscoso negro que se había adherido al proceso de sinapsis dentro de mi cabeza este cruento día me provocaron un terrible malestar. Estuve a nada de ornamentar el baño con una tormenta de jugos gástricos malolientes; apunto estuve de arrojar todo ese dolor por las tuberías. Me tranquilicé y volví a ponerme en trance delante del espejo. Improvisé una prolongada y tranquilizante rutina de inhalación y exhalación. Me dirigí al lavabo. Giré la llavecita e hice una cuenca con mis manos para sumergir mi cara en el agua que se quedaba ahí atrapada. Froté con furia mi rostro y seguía ahí delante ese muerto viviente. Traté de calmarme para que la progenitora no notará mis macabras ganas de dar rienda suelta a mi dolor. Tomé un enorme vaso para llenarlo con agua y consumir sólo de ese oxígeno, sin respirar.

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Pronto, todas estas palabras fueron creando alianzas para quedar unidas en el presente lienzo virtual... al salir de mis entrañas me han dejado vacío... es ahora que me siento totalmente LLENO de ese vacío... así, a secas y con mayúsculas...

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