Y ahí estaba... sin una escapatoria obvia. Sin nada mejor que hacer que tirarme al ocio que, en exceso, empalaga. Mis raíces evángelicas son aún frescas y muy próximas: las festividades cristianas llamaban a acudir a la iglesia.
Mi emoción era nula, sin embargo, quizá la curiosidad, enfiló mis pasos hacia el templo. El lugar: La sexta iglesia del evangelio, ubicada en el barrio de San Andrés Tetepilco, en el corazón de Iztapalapa.
¿Qué hay de especial en las citadas coordenadas? Mi origen. Crecí en el seno de una familia que dedicaba sus "Sunday Mornings" (como diría Lou Reed) a "adorar al señor". Desde esos tiempos en los que mi conciencia se desarrollaba bastantes dudas se agolpaban en mi pensamiento; sin embargo, ya había adquirido un caracter rutinario la asistencia dominical. No me quejaba.
Fue así como contemplé el pequeño inmueble. ¿Habrán decrecido sus muros? Este sitio en el que fui "presentado" ante la congregación me parecía un castillo enorme, aquel en el que pasaba tanto tiempo de niño. Aún guarda ese aroma caraterístico a solemnidad y se conserva casi intacto a pesar del tiempo. ¿Qué había en su interior?
Mi tío paterno oficiaba el culto de adoración. Predicaba.
Independientemente de que ya no acuda a la iglesia y de las distintas ideas que han construído mi caracter durante ese tiempo "que abandoné a Dios" algo no estaba bien.
Una congregación poco entusiasta apenas llenaba las banquitas de madera. Un sermón que es lo mismo de cada año: las 7 palabras de Jesucristo durante el viacrusis. La monotonía flotaba como una cruel vigía entre las paredes. Todo fluía con normalidad. Sin embargo, algo paralizó el flujo de la praxis, algo que mi espíritu infantil no captaba en aquellos años mozos de estudio bíblico.
Unas bocinas comenzaron a producir una música digna de cualquier edición del Teletón. Esa estructura sonora que intentaba penetrar de manera pronta en lo más profundo del subconsciente para sacarte como mínimo una docena de lágrimas. Sin una salida razonable el líder nos invita a pedir perdón, arrepentirnos del pecado, HUMILLARNOS ante Dios. Un ambiente por demás tenso y se escucha los aspavientos de algunas personas alrededor.
¿Qué he hecho yo que sea digno de arrepentimiento? ¿Qué he hecho para humillarme ante Dios?
Una decimonónica doctrina mal planteada, trazada en el sufrimiento y la culpa. Ha creado a personas que son más ingenuas que un infante, gente dócil que puede ser manipulada de manera sencilla.
¿Pecado? Yo más bien lo llamaría la humana libertad de cometer errores y enmendarlos. Lecciones que aprendemos de nuestro propio entorno. La mera edificación de nuestra polaridad o dualidad. Nuestra fachada humanitaria. Ya no voy a la iglesia, sin embargo, mi mente y mi espíritu se sienten bastante en paz. Nada me falta.
A casi dos mil años de la muerte de Jesucristo en la cruz, ¿qué se ha logrado? ¿Una humanidad consciente y liberada capaz de ser feliz y pensante? o ¿Un manto de sufrimiento, inferioridad y fanatismo que pretende cubrir al mundo con ayuda de sus seguidores?
Piensa en eso antes dormir.
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