martes, 18 de octubre de 2011

Lunes de fetiche

Escribo esto solo porque mi espíritu (o mi deseo animal) así me lo ordena.
Mediodía de lunes. El calor era abrumador y golpeaba ferozmente el dorso del enorme gusano anaranjado llamado por los mortales "Metro".
Mi rumbo no era el habitual, me dirigía al Palacio de los Deportes para comprar boletos de un concierto al que asistiré en noviembre. 

Me bebiá con suma desesperación cada una de las frases que mis ojos sintetizaban de "Inmanencia Viral", un compendio de ensayos que explican los síntomas de la posmodernidad en todos los niveles sociales y comunicacionales. 

En una fracción de segundo, conseguí ser interrumpido por el arribo a la estación Plaza Aragón de la línea "B" del Metro. Ahí estaba, como si las puertas del cielo (más bien del infierno) hubiesen abierto sus fauces. Una figura de casi 1.70 metros de estatura, ornamentada con una piel tersa y blanca; cabellos dulcemente acomodados mas no rígidos, reflejando un incadescente brillo castaño. Un par de lentes que implicaban inocencia siendo ironizados por unos suculentos labios que invitaban a cualquier desgraciado a pecar. Una de estas dos porciones carnosas (la inferior, para ser más precisos) era atravesada salvajemente por un adorno metálico (piercing).
Esta oda a la locura, para finalizar mi descripción, esta deliciosamente envuelta en un uniforme de secundaria. 
¿13? 14 años quizás. Algo se reventó dentro de mí. Las palabras se disiparon de cada una de las páginas del libro (o de mi mente, probablemente). Su figura parecía estar magnetizada y mis ojos se volvieron metálicos.
Sin un escape factible, mi mirada comenzó a consumir aquella dulce y tierna humanidad, centímetro por centímetro, célula por célula.
Cuando me hallaba absorto en un universo de fantasías, ese par de ojos colapsaron mi mirar. Fue una eternidad, una hibridación estética, un acontecimiento.
Estaba bajo algún efecto hipnótico gracias a aquel aro de metal que castigaba ese suculento labio inferior. ¿Desde cuándo comenzó a hacer un calor tan infernal en otoño?
La odisea terminó. El invertebrado somático arriba al averno del cual se escapó este ángel. Con la mirada se despide de mi mente. Desciende. Absorto en un éxtasis visual regreso a mí. Recuerdo mi nombre instantáneamente. Un ejército de hormigas se establecen en las hojas de papel del pequeño y desgastado libro para volver a formar las palabras que huyeron hace ya un rato.
¿Pecar? Sí. Es imperamento para saciar el voraz apetito del alma.


2 comentarios:

  1. Muy bonito momento no? Me gusta, lo escrito. Pero no entendi lo de los peces/nenes?

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  2. Me encantaron los pecesitos hahah estuve bien entretenida jugando con ellos xDD
    aah por cierto PEDÓFILO! jaja ntc
    Me gustó Cesarea :)

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